Madrid cerrará un ciclo a lo grande, como merecía. La última final de la era World Padel Tour en la capital de España vivirá un duelo con mayúsculas entre las parejas uno y dos del ranking masculino.
Una final a la que se clasificarían las dos mejores duplas del año, pero por vías equidistantes. Los reyes, los nuevos reyes, por la del asalto; los príncipes, los que ansían el trono, por la del aguante. Ambas igual de válidas y reconocibles en ambos equipos.
Di Nenno y Stupaczuk sobreviven otro día más
Los Superpibes serían los primeros que lograrían el billete a la gran final del Madrid Master y lo harían exhibiendo otro ejercicio más de resiliencia donde cada segundo en pista cuenta.
Porque Paquito Navarro y Fede Chingotto serían mejores y más eficientes durante gran parte del encuentro. Tanto es así que si ellos fueran los finalistas, nadie podría poner un pero. Pero los casis, en el deporte, son tan estéril como en la propia vida.
El español y el argentino saltarían mejor a pista, más enchufados, y con esa armonía dentro y fuera de pista que conecta con el público. Una Caja Mágica que, con más de 11.000 espectadores, arroparía al ídolo local, Navarro, porque él, en gran medida, es culpable de que donde antes había sillas libres ahora no queden ni entradas en la reventa.
Lo harían primero en un igualado primer set donde lograrían dar el golpe en el momento preciso, en esos instantes finales donde el break tiene casi más impacto en la cabeza del rival que en el marcador. Y también en la segunda manga donde, a pesar de que Los Superpibes no se desdibujarían, forzarían el tie-break y acariciarían la victoria.
Pero, en la muerte súbita, dejarían escapar una oportunidad que ya no llegaría de nuevo. No rozarían la pelota de partido, cierto, pero el aroma del desenlace de segundo set desprendía ese olor a despedida que anticipaba la resolución. Nada más lejos de la realidad.
Con pie y medio fuera de la final, una vez más Stupa y Di Nenno demostraron que nada está dicho hasta que ellos lo hacen. Habían cedido la opción de cerrar el set, se vieron abocados al tie-break y cuando estaban más fuera que dentro, volvieron encontrar un motivo para encontrarse.
La igualada en el partido dibujaba un escenario completamente diferente por delante en un tercer set que ofrecía solo dos caminos. Ni uno más. El primero, el transitado durante sus predecesores donde la igualdad dejaría toda responsabilidad al acierto en las pocas oportunidades encontradas; el segundo, el de despegarse rápido del marcador para descolgar a la pareja tocada tras reiniciarse todo.
Una elección que tomarían Los Superpibes. Sabedores de la importancia del nuevo salto a pista y del impacto que podría tener una brecha inaugural en el marcador a su favor, subieron la intensidad y el nivel. Y el premio fue llegando solo como si de fichas de dominó se tratara. Ni una ni dos veces, seis consecutivas. Mucho ayudaron las desconexiones del lado contrario.
Un parcial en blanco permitía a Franco y Martín coronar una vez su ascenso desde lo más profundo por 5-7, 7-6 y 6-0 para clasificarse a la final de un nuevo Master donde buscarán lo que, a día de hoy, parece un imposible.
Tapia y Coello barren a los Gutiérrez

Tapia y Coello celebran el pase a la final.
Porque de repetirse la estampa que cerraría el sábado la Caja Mágica todo resultado que no sea una victoria de los Golden Boys suena más a quimera que a pronóstico.
Y es que Arturo Coello y Agustín Tapia, tras haber sufrido, y cómo, ante Leal y Diestro saltarían a la pista a comerse todo y a todos. Con un horario más propicio para su juego y esos grados de temperatura por encima su pádel alcanza cotas que rozan la excelencia.
La sufrirían Agustín y Sanyo Gutiérrez que tras haber materializado su hazaña en cuartos no encontrarían opción alguna de detener el torrente de pádel que les llovía desde el lado contrario.
Con Sanyo neutralizado y, por ende, poco acertado, todo el juego, perdón, el poco juego que permitía la velocidad de pelota recaía sobre un Oveja al que todavía le quedan kilómetros que recorrer para ubicar la meta en la final. Pondría todos los recursos en pos de salir de la presión, pero cualquier ejercicio era estéril.
Un juego se dejarían por el camino los Golden Boys. Más concretamente, en el primer set. Tapia y Coello impondrían un ritmo alto, tan alto, que asfixiaba a los argentinos y agobiaba a una grada que espera, al menos, algo más de pádel. Pero no lo tendría.
Intolerantes ante cualquier atisbo de rebelión, Tapia y Coello ahogaban el juego desde la volea y amenazaban con la pegada bajo cualquier circunstancia. Y, claro, así es muy difícil jugar para cualquiera.
El 6-1 y 6-0 en menos de una hora reflejaba a la perfección el absoluto dominio de los números uno ante la pareja de reciente creación y mandaba un mensaje que parece todo el mundo del pádel ha captado.