Desde hace ya algún tiempo, todos los realzales tienen claro que la decisión estratégica más importante para el futuro del primer equipo en el medio plazo, la continuidad o no en el cargo de primer entrenador de Imanol, está vinculada estrechamente al resultado de la temporada, es decir, a la consecución o no de los objetivos marcados. Dicho así, pareciera que estamos incurriendo en una obviedad porque, ¿qué profesional del fútbol no está supeditado a los resultados que obtenga? Es cierto, pero en el caso que nos ocupa la interpretación de esos resultados podría ser otra, distinta a la que todos pensamos. Intentaré explicarme. Hace ya bastantes meses que el propio Imanol, contraviniendo lo manifestado por el presidente y por el director de fútbol del club, manifestó que su futuro no estaba necesariamente escrito, y que aún quedaban páginas por completar, antes de tomar una decisión. Ahí es donde se inscribe la ya popular sentencia del oriotarra, “me lo tengo que ganar”. Y la única forma que tiene un entrenador de “ganarse” la renovación es por medio de los resultados, es decir, por el balance de la presenta campaña. Planteado así la derivada se plantea muy sencilla: si el equipo logra las metas planeadas, es decir, el equipo vuelve a clasificase para Europa, por ejemplo, Imanol renueva. Y, en caso contrario, Imanol dice no, y hace las maletas. Pero, ¿y si la lectura de los hechos fuera precisamente la contraria? Es decir, si Imanol no consigue llevar al equipo hasta los objetivos trazados, interpretando que su labor queda inconclusa, con un cierre imperfecto, toma la determinación de continuar, al objeto de “corregir” lo que se detecta como un desarreglo, una anomalía. Y, por el contrario, si la Real vuelve a sellar su pasaporte europeo, Imanol, entendiendo que su labor ha concluido felizmente, cerrando la cuadratura del círculo, opta por decir adiós. No debemos olvidar un hecho importante: Imanol es un tipo singular, distinto a todo lo anterior, y sus razones son eso, únicamente “sus razones”.

Nadie es profeta en su tierra
Supongo que a más de uno le ha venido a la mente este popular proverbio, tras la actuación de Mikel Oyarzabal el pasado domingo en Mestalla. Justo en medio de una temporada en la que el capitán realista parece más cuestionado por cierto sector de la afición, que tiene su centro de poder no se sabe muy bien dónde pero que, en la actualidad, con la repercusión que alcanza cualquier comentario en las redes sociales adquiere una trascendencia mayor. Mikel parece empeñado en rebatir, uno por uno, todos los argumentos empleados para desacreditarlo por parte de ese sector crítico y, si no lo consigue con la Real, lo hace con la selección española, para la que ha conseguido goles de un valor incalculable, al tiempo que se ha granjeado el cariño y la admiración de propios y extraños. Las muestras de pleitesía brindadas por compañeros como Lamine, Nico o Pedri, unidas a las de otros que, por razones obvias lo conocen mucho mejor, como Le Normand, Merino o Zubimendi, no hacen sino corroborar lo que muchos ya sabíamos: Oyarzabal sólo hay uno…y juega en la Real. Y que a veces tenga que salir de casa para alcanzar el reconocimiento, es algo tan antiguo como la vida misma.

Las baterías bien cargadas
Que la Real Sociedad tiene un problema con el gol es algo que, a estas alturas, prácticamente nadie discute. Los números, a veces tramposos, en esta oportunidad no pueden ocultar las carencias que padece el equipo en esta faceta. Durante el parón liguero por los partidos de selecciones, jugadores como Kubo, Óskarsson u Oyarzabal parecen haber aprovechado bien el tiempo para recargar las baterías. ¡Bien!

Se me hace raro
Cuando el domingo veía a Le Normand y Merino abrazando a Oyarzabal, después de la gran actuación del eibartarra, por un momento viví una especie de espejismo y por unos segundos pensé que aquellos seguían siendo futbolistas de la Real. Me pareció una escena familiar, tantas veces vivida antes. Se me hace extraño verlos jugar y pensar al mismo tiempo que no volverán a casa con Oyarzabal.